lunes 20 de julio de 2009

El desafío

Me desafiaron a escribir un cuento que contuviera estas seis palabras: vida, amor, literatura, viaje, sexo y cine. Aqui va.

San Antonio

Me quedé sin trabajo hace tres meses. Le debo al almacenero, a la farmacia, a mi vieja, al marido de mi vieja y varios cómics a mi amigo el enano que tiene una librería y anda tan quebrado como yo.
José, es un amigo de la infancia que tiene un negocio de artesanías y me prometió que cuando viniera la cerámica de Jujuy, que son bastantes cajas, me iba a llamar, así le ayudaba a descargar y a contarla, y me pagaría unos mangos como para ir tirando. Mientras tanto me dedico a enviar currículums, a ver televisión, a leer, a visitar amigos y a tener sexo con Claudia, una chica tatuadora que trabaja de moza en un bar y hace dos meses se instaló en la pensión.
Nunca me costó conseguir laburos piolas, trabajé en un video club, una temporada de verano fui salvavidas en la pileta del club del barrio, un año estuve trabajando en un ciber, pero esta vez pareciera que estoy destinado a aceptar trabajar en un call center, de donde me llamaron la semana pasada y dije que no estaba en la provincia, como para tener tiempo de pensarlo un poco y ayer les dije que no, y ahora me arrepiento e intento llamar y me atiende el contestador. Mejor, por algo no me atienden. Definitivamente no es para mi. Yo creo que si ponés toda tu energía en lo que querés, en algún momento tus deseos se cumplen. Estoy convencido de que tarde o temprano me van a llamar de un trabajo más copado.
Anoche eran las cuatro de la mañana cuando me fui de la casa de José. Nos quedamos jugando al ajedrez y a tomar un licor de café, regalo de la novia. No daba para salir porque hacía mucho frío, a parte no tengo un mango y me daba vergüenza que mi amigo me siguiera bancando.
Bajé por calle Barcala, como siempre y doblé por Avedaño hasta la plazoleta. Y justo en la esquina me encuentro a un tipo tirado en la vereda. Era un hombre de unos cincuenta años, vestía jeans, campera leñadora y botas de montaña. Lo zamarree un poco y le dije – me escucha, señor, me escucha-. Le di unas palmadas en la cara y no se movió. Estaba frío, pero nunca pensé que estaría muerto. Pero lo estaba. Lo revisé para ver si encontraba alguna identificación y en el bolsillo de la campera encontré una billetera con el documento, una estampita de Jesús y trescientos pesos. Abrí el documento y el tipo vivía a pocas cuadras de donde estábamos. Miré para todos lados para ver si venía alguna persona, pero con el frío que hacía, a esa hora y en ese barrio, pocas eran las probabilidades. Entonces, agarré la plata, me la guardé en el bolsillo del pantalón y golpeé en una casa.
Un hombre me atendió por la ventana y me preguntó quien era. Le dije que había un hombre medio muerto en la esquina de la plazoleta, dije medio, porque uno nunca sabe las sorpresas que da el cuerpo humano. Parece que no me creyó porque cerró la ventana sin hablar. Caminé unos metros y vi que el portero de un edificio dormitaba en una silla. Le golpeé el vidrio y le dije lo mismo que al hombre que no me creyó. El viejo abrió la puerta y me preguntó donde estaba la persona exactamente. Salió a la vereda y señalé en dirección al muerto. Sacó su teléfono celular y llamó a una ambulancia. Después nos acercamos al cuerpo y apenas vi que venía la ambulancia, le dije al portero que me iba, que se me pasaba el colectivo. Crucé la calle y doblé en la primera cuadra.
A mitad de camino empecé a sentir náuseas. Le robé a un muerto, soy un miserable ¿Cómo pude haber hecho semejante cosa?, me repetía, y por momentos me justificaba diciéndome que si no lo hubiera encontrado yo, otro habría hecho lo mismo.
Al otro día sin pensarlo, le pagué al almacenero y le pagué algunas revistas al enano. El resto lo guardé. La farmacia podía esperar, si no, se me iba a ir la plata en deudas y tenía que comer. Inmediatamente después de tomar esa decisión, reaparecía la culpa.
Así estuve una semana, recriminándome por haberle robado a un muerto.
Siempre me consideré honesto, solidario, transparente y ahora ya no lo era y me pesaba terriblemente. A la segunda semana tenía pesadillas con el muerto, que me ahorcaba cuando le metía la mano en el bolsillo de la campera y me gritaba -¡devolveme la plata, sucio!-, y otras situaciones por el estilo, que me despertaban a medianoche y no podía volver a dormir. Ya se me va a pasar, pensaba. Pero no. Todo empeoraba, hasta creía verlo, pero vivo, caminando entre la gente. Me estaba volviendo loco y tenía que hacer algo para tranquilizarme.
Le conté la historia a José y le pedí un consejo. José me dijo que con el tiempo me iba a olvidar, que no podía hacer nada para remediarlo. Pero nada de eso pasó. Me seguí torturando día y noche con el remordimiento y viendo a personas parecidas a quien robé de manera descarada, o bien era el mismísimo fantasma de Alberto, así se llamaba.
Una mañana me levanté con una idea que me estuvo dando vueltas varios días hasta que decidí ponerla en práctica.
Salí a las diez de la noche rumbo a San Antonio, un barrio peligroso de la zona sur, a cuarenta minutos de la pensión. El colectivo me dejó en un quiosco donde tres tipos tomaban cerveza de la botella. Me miraron y siguieron conversando, uno de ellos dijo que invitaba una ficha de metegol.
Me adentré al barrio sin conocerlo y en una de las calles me tiré al piso, fingiendo haberme desmayado. No había nadie, solo unos perros dando vueltas.
Alguien tiene que aparecer, no es tan tarde pensé y seguí tirado aproximadamente quince minutos muriéndome de frío. Cuando me estaba por levantar miré de reojo y vi unos pies que se acercaban corriendo. Escuché la voz de un pibe que me decía – Flaco despertate- y me daba golpecitos en las mejillas con una mano y con la otra me sostenía la cabeza. Yo no reaccionaba, esperando que el pibe se dignara a revisarme y a sacarme la billetera con cien pesos que me habían quedado. Pero no, el chico, que después lo vi, habrá tenido unos veinte o veinticinco años, muy delgado y con agujeros en las zapatillas, corrió a golpearle a un vecino y salió una familia a socorrerme. A esa altura, me convencí de que nadie iba a robarme y abrí los ojos. La familia que se componía de papá, mamá, dos hijos varones adolescentes y el abuelo, me sentaron en su living, me convidaron té y hasta me animé a decirles que no tenía plata para el viaje y me pagaron el taxi. Me sentí avergonzado, prejuicioso, mala persona. Creí que exponiéndome a una situación parecida a la de Alberto, habría expiado mis culpas y viviría con la conciencia tranquila.
Llegué a la pensión, directo a hablar con Claudia que veía una película de terror, pertinente para la ocasión, ya que muertos vivos se comían entre ellos. Le dije que tenía algo importante que contarle y apagó el tele. Le conté lo del robo al pobre muerto y de la actuación que acababa de mandarme en barrio San Antonio. Se rió y dijo –buen intento-. Le pregunté que hubiera hecho ella en mi lugar y me contestó que no le hubiera robado. Me sentí una porquería . –No te hagas tanto rollo, ya se te va a pasar. Vení acá, dame un poco de amor, me dijo. Me sorprendieron sus palabras. Sacó un chocolate de la mesa de luz y seguimos viendo la película. Según ella, el cine cura.
Por la mañana, desayunamos juntos y ella se fue a trabajar.
Me fui a mi habitación, me tiré en la cama a leer una antología de literatura fantástica y me quedé dormido.
Desperté y supe que debía hacer. Me acordaba de la dirección de Alberto. Sólo tenía que inventar que era un amigo de él, para que me dijeran en cuál cementerio lo habían enterrado. Y así fue. Se complicó cuando la mujer empezó a indagarme de dónde conocía a su marido. Y le dije lo primero que se me ocurrió -De la vida, era un amigo de un amigo mío y yo lo apreciaba mucho. La mujer miró el piso y se le llenaron los ojos de lágrimas. Aproveché para consolarla dándole un abrazo y rogué que se olvidara de la estupidez que acababa de decir y no siguiera preguntando.
Compré flores y fui a visitar la tumba de Alberto. Su nombre completo era Alberto Miguel Domínguez. “Un hombre que luchó por la justicia” se leía a continuación. Tal vez era abogado. Puse los claveles en el florero y permanecí en silencio unos minutos. Miré a mi alrededor y no vi a nadie. Me arrodillé y empecé a cavar con las manos en la tumba de Alberto. Saqué del bolsillo de la campera los cien pesos que llevé al barrio San Antonio y los enterré donde yacía el hombre que luchó por la justicia.

lunes 9 de febrero de 2009

"IntiYaco"

Descalza
hurgo en la tierra con los dedos
los yuyos me hacen cosquillas
en los tobillos
Una mariposa naranja y otra blanca
revolotean cerca de la reposera
El viento despeina y cae una piña
rueda y se estanca al pie de una mora
Las chicharras alardean
otros pájaros se cansan
el sol se va yendo
como quien se retira
sacándose el sombrero
Lo más parecido a la felicidad
transita en la espalda de una hormiga.

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Golpean los bichos de luz en la ventana
¿hace cuánto que no veo un bicho de luz?
De niña los veía a menudo
reverberaban en el patio
cerca del columpio
sobre las plantas de mamá
Los atrapábamos en un frasco de vidrio
y hacíamos anillos con sus luces.

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Me tiro de espaldas sobre una piedra
Concentro la atención en el fluir de la cascada
No me importa más nada.

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La arena se desliza hacia el río
Los niños gritan ¡oro, oro!
Los viejitos bajo las sombrillas
no dicen nada.

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El cielo amenaza con tormenta
Las pequeñas margaritas se cerraron
¿Adónde van los pensamientos en este lugar?

jueves 1 de enero de 2009

vacaciones

Mirar un árbol detenidamente
es construir una valla de silencio
entre los ojos y las hojas.

miércoles 17 de diciembre de 2008

Circo invisible presenta...

Los esperamos a todos para disfrutar poesía, música, teatro y más.
Viernes 19 de diciembre 20:30 hs. "Ochava" bar. Achaval Rodriguez
esq. Cañada. Entrada libre.

domingo 23 de noviembre de 2008

Menos campanadas para el bautizo de las niñas
Menos campanadas para la muerte de la vieja Sunta
Mundo sonoro sexuado
amenguado
aguado como líquido amniótico
Nosotras no llegamos a salvarlas
Ni con el recuerdo
Ni con el voto femenino.

miércoles 19 de noviembre de 2008

Descubriendo a Ramacciotti

El tercero de izquierda a derecha. Javier ya tenía problemas con el grupo. Observen como lo abraza un solo integrante. Dijo: "Me separé porque estos ya se habían entreverado entre ellos y me dejaron muy solo, ahora salgo con Ricky, que no les llega ni a los talones a estos fracasados"

Tus fans siempre te recordaremos Javi... Volvé como solista. Zebra
No te dejes el pelo largo que sos petizo. Yararán
Mejor te ves sin ropa. Natale
Fuera yankis del mundo. Lamberti

miércoles 5 de noviembre de 2008

Chamánica

Voy a inventarme como se inventan los fantasmas a sí mismos
Como los niños inventan a sus amigos invisibles
Voy a quedarme quieta para que nadie me invente
un solo movimiento bastará para que alguien me defina
El viento inventa juegos en el aire
entonces ya no es aire, sino juego
Los arco iris se forman gracias a la lluvia y la luz
entonces inventamos los colores
como mi gato que se inventa una selva
en un patio con yuyos
y de los sillones hace montañas
Los unicos que no se inventan
son los pájaros
el vuelo los dirige hacia su propio ser.